CULTURE SPREAD: Hablemos de cómo “la unión hace la fuerza” entre dragones

enero 3, 2021 - Por Inbound Logistics Latam
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Hablemos de cómo “la unión hace la fuerza” entre dragones

 

Por Isela Carmona Cardoso *

“La productividad no lo es todo, pero, en el largo plazo, es casi todo. La habilidad de un país de mejorar su nivel de vida en el tiempo depende, casi exclusivamente, de su habilidad de aumentar su producto por trabajador” Paul Krugman

La Alianza Económica Regional Integral en Asia empuja reflexiones. La crisis financiera asiática ha motivado a estos países a unirse en términos de modelos económicos. ¿No debería ser hora de unir esfuerzos también en Latinoamérica?

2020 le ha llevado al ser humano a reubicarse en la cruda realidad de que no es el non plus ultra del universo, y que hay algo más grande y poderoso que mueve los hilos del escenario, llámese naturaleza, fuerzas divinas o exógenas, como la macroeconomía y la geopolítica; pero sobre todo, le ha desvelado que las pandemias no son precursoras de crisis económicas sociales o políticas, sino por el contrario, que sacan a la luz las debilidades, ineficiencias e incapacidades, por la necedad del hombre para adaptarse a su entorno, convivir humilde, noble y generosamente entre prójimos y con quienes comparte la Tierra, así como fluir armoniosamente con la inercia incontenible de aquello que no puede controlar: el inevitable cambio o transformación. 

Para cerrar el año 2020 con broche de oro -alineados bajo el rigor del encierro al transhumanismo, de un consciente “volver al interior”, y entendiendo que habrá que sufrir y sufrir fracasos mientras no aprendamos humildemente a incorporar las virtudes o habilidades, y permearlas en las sociedades hedonistas modernas-, quienes mejor que los países de Asia y el Pacífico -milenarios, humildes y sabios- para marcar el rumbo del camino a retomar en plena pandemia. 

En contraposición al “distanciamiento”, estos países han hecho suya la bandera de “la unión hace la fuerza”, formando ahora parte del mayor tratado comercial del mundo, laAlianza Económica Regional Integral” (RCEP en inglés), que une a los 15 países asiáticos: Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda -liderados por China- y los diez miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), integrados a su vez por Vietnam, Tailandia, Singapur, Indonesia, Filipinas, Malasia, Myanmar (Birmania), Camboya, Laos y Brunéi. 

El fin común: comprometerse a reducir sus tarifas aduaneras y a abrir sus mercados y servicios. Juntos, suman más de 2,000 millones de personas y un tercio de la economía global, superando ampliamente a la Unión Europea y al acuerdo entre Estados Unidos, Canadá y México. Además, el acuerdo servirá para expandir aún más las inversiones internacionales de China, a través de sus «Nuevas Rutas de la Seda», o proyecto de «Una Franja, Una Ruta».

Hagamos algo de memoria. ¿Recuerda usted cómo se contagió el temor de un desastre económico mundial, cuando estos países fueron protagonistas de la también conocida como “la primera crisis de la globalización y/o crisis del Fondo Monetario Internacional” en 1997? Todo comenzó con la devaluación de la moneda tailandesa, y por efecto dominó, le sucedieron numerosas devaluaciones en Malasia, Indonesia y Filipinas, repercutiendo más levemente en Taiwán, Hong Kong y Corea del Sur. Sólo durante las primeras semanas, un millón de tailandeses y 21 millones de indonesios pasaron a engrosar las filas de los oficialmente pobres.

En 1994, el economista ganador del Premio Nobel de Economía 2008, Paul Krugman, publicó un artículo que atacaba la idea del “milagro económico asiático” en los 90´s -como se denominó a este fenómeno-, argumentando que el crecimiento económico había sido el resultado histórico de la inversión de capital, la cual había llevado a su vez, al crecimiento de la productividad; sin embargo, la productividad total de los factores se había incrementado sólo marginalmente o para nada, pues no se creaba “competitividad”. Krugman, profesor de la Universidad de Stanford, colaborador de The New York Times desde 2001, y crítico de la globalización, fue reconocido por su contribución al análisis de los patrones de comercio y la localización en la actividad, el cual sostenía que sólo la productividad total de los factores, y no la inversión de capital, podía llevar a la prosperidad a largo plazo, de toda una economía en su conjunto. 

Hasta 1997, Asia atraía casi la mitad del total de capital afluente a los países en desarrollo, por sus altas tasas de interés con altas tasas de crecimiento: del 8 a 12% del PIB a fines de la década de 1980 y comienzos de los años 90. Este logro fue ampliamente celebrado por las instituciones financieras, incluyendo el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. 

Las causas de la debacle en la crisis de Asia del Sur son muchas y muy disputadas por economistas, estudiosos y organismos internacionales. Un breve resumen incluye principalmente las siguientes:

  • La economía de Tailandia se desarrolló en una burbuja llena con “dinero caliente”. Se requería más y más, mientras crecía el tamaño de la burbuja. La misma situación se presentaba en Indonesia, que tenía la complicación adicional de lo que fue llamado “capitalismo salvaje”, el flujo de capital de corto plazo era costoso y, a menudo, altamente condicionado al beneficio económico rápido. El dinero fue a parar de manera incontrolada sólo a ciertas personas, es decir, a los centros de poder, fomentando el tráfico de influencias y corrupción.
  • A mediados de la década de 1990, Tailandia, Indonesia y Corea del Sur tenían grandes déficits privados de cuenta corriente (mayores gastos que ingresos federales) y el mantenimiento de una tasa de cambio fija incentivaba el endeudamiento externo (Fondo Monetario Internacional-Banco Mundial), llevando a una exposición excesiva al riesgo de intercambio extranjero tanto en el sector financiero como en el corporativo.
  • El Sistema de la Reserva Federal de EUA (a cargo de Alan Greenspan) empezó a incrementar las tasas de interés para cortar la inflación, haciendo un destino de inversión más atractivo respecto al Sureste Asiático que había atraído corrientes de “dinero caliente”, a través de tasas de interés altas a corto plazo. Con ello a su vez, aumentó el valor del dólar, al cual estaban fijadas muchas monedas del Sureste asiático y del mundo, incluido el petróleo, con lo que sus exportaciones se hicieron menos competitivas, deteriorando su posición de cuenta corriente.
  • Algunos economistas habían propuesto el impacto de China en la economía real como un factor contribuyente a la ralentización del crecimiento de la exportación de los países del sureste asiático, aunque estos economistas sostienen que la mayor causa de la crisis fue la excesiva especulación inmobiliaria. Además, China había empezado a competir efectivamente con otros exportadores asiáticos, particularmente en la década de 1990, después de la implementación de una serie de reformas orientadas a la exportación.
  • Deuda: Muchos economistas creían que la crisis asiática había sido creada no por la psicología o tecnología del mercado, sino por políticas que distorsionaron los incentivos dentro de la relación deudor-acreedor (sanas prácticas de diversificación de riesgos y supervisión bajo Convención de Basilea en términos crediticios). Las grandes cantidades resultantes de crédito que estuvieron disponibles generaron un clima económico de gran apalancamiento, y presionó los precios de activos al alza hasta un nivel insostenible. ​Estos precios de activos, inmobiliarios principalmente, eventualmente empezaron a colapsar, causando la suspensión de pagos de las obligaciones de deuda tanto por parte de los individuos como de las compañías. El pánico resultante entre los acreedores llevó a un gran retiro del crédito de los países en crisis, causando un “credit Crunch”, y luego, bancarrotas. Además, como los inversionistas intentaban retirar su dinero, el mercado cambiario fue inundado con monedas de los países en crisis, presionando hacia la depresión de sus tipos de cambios. 
  • Para prevenir un colapso de los valores monetarios, los gobiernos de estos países fueron forzados a incrementar las tasas de interés domésticas a niveles sumamente altos, para ayudar a disminuir la fuga de capitales (volviendo relativamente más atractivo para los inversionistas, el préstamo a esos países) y la intervención en el mercado cambiario, comprando con reservas internacionales todo exceso de moneda doméstica a la tasa de cambio fija.
  •  Cuando fue claro que la fuga de capitales de estos países no sería detenida, las autoridades dejaron de defender sus tipos de cambio fijos y permitieron la fluctuación de sus monedas. El valor depreciado resultante de estas monedas significó que la moneda extranjera denominada pasiva, aumentara substancialmente en términos de moneda doméstica versus las deudas contraídas en dólares por los propios gobiernos.
  • Papel del FMI: Puesto que los países que estaban siendo afectados estaban entre los más ricos, no sólo en su región sino en el mundo, y dado que billones de dólares estaban en juego, la intervención se produjo a través del Fondo Monetario Internacional, quien creó una serie de paquetes de “rescate” para evitar la suspensión de pagos y estabilizar las monedas, así como sus sistemas bancarios y financieros. El apoyo estuvo condicionado a una serie de reformas económicas drásticas influenciadas por los principios económicos neoliberales denominado “paquete de ajuste estructural”. El ajuste mandaba recortar el gasto público y reducir el déficit fiscal, dejar que las instituciones financieras y bancos insolventes quebraran, y aumentar agresivamente las tasas de interés. El razonamiento detrás de estas medidas era que con ellas se restauraría la confianza. Los críticos señalaron la naturaleza contradictoria de estas políticas, argumentando que en una recesión, la respuesta tradicional keynesiana propia del modelo económico neoliberal-occidental, era incrementar el gasto público, apoyar a las compañías mayores, y reducir las tasas de interés, estimulando la economía y evitando la recesión.
  • Efectos finales: Ninguna de estas políticas podía ser una respuesta sostenible por mucho tiempo, pues tasas de interés muy altas pueden ser extremadamente dañinas para una economía que está relativamente saludable, causando estragos en un ya de por sí frágil estado, mientras que los bancos centrales se quedan sin reservas internacionales. Aunque tales reformas, en la mayoría eran largamente necesitadas, los países más involucrados terminaron sufriendo una reestructuración política y financiera casi completa. Sufrieron devaluaciones monetarias permanentes, un número masivo de bancarrotas, colapsos en todos los sectores económicos, depresión del mercado inmobiliario, alto desempleo y malestar social. 
  • A todo esto, además, como plagas apocalípticas, se sumaron las crisis sanitarias por las pandemias vividas SARS o gripe aviar y MERS, que en el presente siglo XXI han asolado a ese continente, demandando grandes inversiones en gasto de salud y social, erosionado ya de por sí por las propias crisis.

La crisis financiera asiática, de forma inequívoca, ha lanzado a las cuerdas a estos países, para unirse en términos de modelos económicos y políticos o de gobierno, heredados de colonizaciones de países europeos con sobre-explotación de recursos naturales y esclavismo, heredando modelos con tintes de nacionalismo, que se traducen en brechas de distribución de riqueza, educación y acceso a oportunidades muy amplias, elevados niveles de corrupción y de criminalidad, con cada vez más desertores del campo, ante la aguda limitación de acceso a oportunidades de una vida digna, educación, salud y derechos humanos.

Bajo estos escenarios en común y la ancestral sabiduría milenaria que comparten, ¿cómo no acabar con la soberbia y generar resiliencia? Esto no suena muy distinto a lo que el resto del mundo está viviendo, ¿verdad? La situación ha sido muy similar a aquella de la crisis de la deuda de 2008 en EUA, o “crisis subprime”, e incluso en el resto del continente americano, incluyendo la actual crisis social en toda Latinoamérica, encontramos muchos paralelismos con los de la crisis financiera asiática; mientras la Casa Blanca abandonaba el Tratado Transpacífico (TPP),  prefiriendo buscar acuerdos bilaterales de libre comercio, el resto de Latinoamérica empezó a no saber qué hacer y cómo poner orden a la administración de sus infinitos recursos naturales, además de su potente capital humano, joven en su mayoría. 

¿No debería ser hora de volver a lo interno y unir esfuerzos también en Latinoamérica? Principalmente con los vecinos del sur, los de las islas vecinas y aun los más alejados físicamente, pero con quienes las culturas ancestrales autóctonas -de las más antiguas en el mundo- y el idioma, nos hermanan. Es momento de cerrar brechas paradigmáticas y fluir sabia, humilde y generosamente con lo que si podemos y estamos a tiempo de controlar, el resurgimiento de un gran continente competitivo, América.

¡La soberbia y la prepotencia te harán sentir fuerte sólo un instante, la humildad te hará grande y fuerte toda una vida!


* Isela Carmona Cardoso es Licenciada en Administración Financiera, con más de 25 años de experiencia en banca de desarrollo, banca comercial y Sofomes, por lo que ha publicado artículos diversos en temas financieros, económicos y de administración pública y privada. Actualmente es consejera independiente en empresas y entidades financieras, y se le puede contactar vía Linkedin.

 

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